Requiem al Editor de la Cultura

Después de haber trabajado con Nicolás Sánchez Osorio durante un par de años, fue necesario cambiar de medio entre otras cosas porque el famoso editor de Casas & Gente sufrió un paro que lo dejó en coma por casi un año. Entonces caí en manos de una publicación que venía a causar vanguardia en el periodismo cuyas fuentes de información se vieron beneficiadas por las nuevas tecnologías. Entré al proyecto de la Red de México que sobrevivió sólo 15 días pues el formato escogido resultó no ser satisfactorio y hubo un cambio de administración que originó el nacimiento de un nuevo medio llamado la Razón que aún circula. Si bien fue una chamba a todo dar editar la sección cultural, desafortunadamente los intereses de élite en este rubro atrajeron la atención de otras personalidades quienes me desplazaron; querían pagarme tres mil pesos mensuales por hacer una labor subordinada a un editor impuesto, por lo cual preferí salirme y seguir buscando plaza en otra editorial. Estas son algunas de las imágenes que registré durante ese periodo. Algunas llegaron a publicarse, aunque mi fuerte siempre fueron los textos y por entonces no sabía usar los programas de diseño. Gracias a esta tecnología doy nueva vista a estas entrañables fotos que aún hice con negativos al modo tradicional.

Era muy emocionante editar la sección cultural a la que se daba toda una plana. La experiencia en la “Revista de las Cosas Bellas” me había nutrido de buena cantidad de fuentes de información de las cuales uno podía echar mano y que consistía en contactar a los museos y estar al tanto de las actividades del INBA. Mi objetivo era usar varios nombres para publicar así mismo una columna de opinión que llamaría Zona Postal, para poder dar una descripción de barrio y apuntar con un estilo coloquial reflexiones y anécdotas de lectura amena. Por entonces andaba además encandilado con un fraude en el cual un banquero me ofrecía 8 millones de dólares que un tipo de apellido Rossell había dejado en una institución africana y que nadie reclamaba. Total que me gasté primero 100 y luego mil dólares para que se trasladara el dinero a un tiempo que recorría la ciudad buscando la nota. Cuando fui al banco a hacer la transferencia, demoró horas porque los ejecutivos querían convencerme de la trampa, pero yo soñaba con el coche volador y con todas las cosas que me podría comprar; tocaba la flauta en la calle y me divertía trabajar todos los días de la semana yendo y viniendo con mi coche de un lugar a otro. Caray estuve a punto de hacer un escándalo y renunciar cuando la transacción estaba al 98%, pero según esto la Interpol detuvo el movimiento porque les pareció sospechoso y querían, según me narraba Peter Wagner, que comprara un número anti terrorista por 10 mil dólares que por supuesto ya no pagué. Alarmado, quién se supone era el representante del banco, me hizo ir al aeropuerto porque según él vendría a México para cobrarse el 10% del dinero y darme confianza para pagar lo que faltaba. Para entonces soñaba que unos negritos me violaban y por eso, aunque me esperé casi todo un día, preferí cortar relaciones, no sin escribir algunas cartas de arrepentimiento alegando que mejor fin tendría la lana al servicio de la Reina de Inglaterra. Como sea seguí con mis investigaciones por el mes de septiembre y octubre hasta que se quebrantó la oficina liderada por González Parra y otro señor que se apellidaba Morelos y eran parientes de mi abuelo Francisco.

Después de revisar kits de prensa y peinar la ciudad la tarea del editor consistía en escribir textos informativos en su mayoría para luego pasarlos con las imágenes institucionales y un esbozo de como podría ser el acomodo a los diseñadores. El naciente medio recogió en su momento a antiguos trabajadores del periódico Ovaciones que habían vendido los jefes para emprender el nuevo proyecto. La gente vieja cargaba con sus achaques y de plano no tenían un espíritu de innovación; tampoco los editores quiénes más de una vez, por el puro gusto de hacer notar su poder, castraban las propuestas que hacía o me obligaban a meter información acerca de temas que me chocaban como el de las corridas. Para quién trabaja en un medio así, la libertad de expresión es un albur; aveces el puro juego de palabras era pretexto para que uno se quedara dándole la vuelta a notas que de cualquier modo nadie leería. Por supuesto quedaba fuera cualquier contenido que hubiera un beneficio directo en su servilleta y quedaban prohibidos los trueques o la sección de gastronomía a cuenta del restaurante si se entendía que a cambio me darían alguna dádiva. No me pagaban. Al final me hicieron un cheque por cinco mil pesos para compensar todo mi esfuerzo. Sin duda era mejor eso a no tener trabajo… ¿cuántos como uno apostarán por necesidad todo su ser a cambio de permanecer ocupado con el ideal de ser útiles? ¿Cuántas tareas que no le corresponden a uno directamente se harán con tal de sacarle el lado bueno a las cosas, sin menos cabo a la friega que te ponen quiénes por cuestiones ajenas a su talento demostrable tienen poder sobre ti? A efectos de la verdad, aunque era un gozo saber que en cualquier estanquillo encontrarías tus notas publicadas, aún ha sabiendas de que no aportabas nada, uno descubre que nada trasciende; en un rato salen nuevos temas y el periódico se convierte en basura sin valor… y eso que ya para entonces parte de la novedad era que teníamos una versión internet del medio. Uno mismo como periodista, si encuentras algo que fuera imposible no publicar, en el caso de que dañe a un tercero te demandan y en el caso de que sea una denuncia de la corrupción, hay gente tan poderosa; anónima en alguna medida, que al rato te desaparecen o te pegan una madriza. En fin que fuera de Loret de Mola o Carmen Aristegui y ese tipo de personalidades, para el peón de periodismo, la cosa no iba a más; no estás ahí para hacerte rico, ni te da tiempo de hacer amigos y en realidad tampoco de pensar siquiera en tener novia o sostener una familia.

En cada momento cuando la vida te permite hacer pausas para valorar el pasado encuentro grata satisfacción en evocar las fotos que hice. El proceso de digitalización en buena medida agilizó lo que antes requería más contemplación y selección de aquellos cuadros que mejor expresaban el punto de vista del ser fotográfico, empero es grato haber pasado al medio digital, pues el sacrificio de los placeres asociados al revelado y laboratorio de las fotos tradicionales dio pié a una euforia donde hay cada vez menos límites a la cantidad y calidad de imágenes que se pueden realizar de un sólo golpe. No se cuántos más habrá obsesionados con la apariencia efímera de nuestra ciudad; lo cierto es que gracias al trabajo editorial, cada vez fue más necesario para su servidor el retrato del gran monstruo que es el mundo; tanto de los lugares comunes, como del espejo de las formas que van cediendo a las ambiciones de miles de constructores que en su afán de negocio aveces le quitan el encanto original al paisaje urbano. Cierto que mi fin como artista, en esta parte de mi carrera fue convencerme del valor que tiene hacerse dueño de la cultura, como un principio intelectual tanto como por el hábito que conlleva la elaboración lógica de los proyectos personales. Siempre ha sido mi ambición ir más allá de las fachadas, buscar lo que la mercadotecnia y el sentido común consideran de más valor, pero cierto es también que uno debe aceptar sus limitaciones y apegarse en primer lugar a lo que conoce con el afán de irlo dominando, lo cual a su vez también representa una refinación en cuánto a lo que vemos y al valor que tiene al paso de los años. Hoy que he visitado casi todos los museos y galerías de la CDMX, al momento de decirlo surgen más y en cada temporada se renuevan las exposiciones, lo cual abre el margen a regresar a los mismos lugares con la idea de que ya serán tal vez otros, o uno mismo, si el tiempo vuelve a ceder, o un asistente, quién mejor uso le de a miles y miles de tomas que arman el rompecabezas de un artista que por este medio no puede ser sino conceptual. La propuesta es que si aparte de apreciar estas piezas, les llegan a servir para ilustrar su propia investigación que puedan hacerlo pues en ello va el conocimiento más elaborado que arrojamos al futuro.

Con mucha emoción comenzó a publicarse la Red de México con un escueto personal que trabajaba en una torre nueva sobre Constituyentes, justo enfrente de donde se ubicaba una escultura de Leonora Carrington que luego se movió para lucir en Reforma en frente del edificio 222. La sección de cultura se añadió algunos números después en la contraportada y cuando comenzó a darse aire a mis publicaciones tuvieron que disculparse porque estaban abajo de una mujer que abría las piernas en un gesto impúdico muy al estilo de lo que les gustaba a los editores sacar en la página 3 del Ovaciones. Hubo algún problema cuando una editora me criticó duramente porque comenzaba mis párrafos con artículos uno tras otro; detalle que le agradezco pues a la fecha checo que no haya esta falta en automático por el trauma que me causó la gritiza. Luego Morelos me llamó la atención y me hizo que le leyera en voz alta una columna donde opinaba acerca del efecto del constructivismo haciéndome ver que no estaba muy a tono que criticara la estética urbana porque es de la publicidad de lo que vive un medio y no convenía comenzar con criticar a quiénes a mediano plazo nos darían de comer. Tampoco estuvo de acuerdo con una imagen con tonos sexuales ambivalentes y  la sacó del diseño con el pretexto de que era más cultural, si bien menos estético, empezar a meter en mi plana notas que son atribuibles a la sección de sociales que por entonces no existía. Fue la única vez que intervinieron, por lo demás era muy libre de hacer mi investigación y muy felizmente hubiera seguido con un plan que tenía de incluir entrevistas con personajes clave de las instancias culturales quiénes sin la mediación de una editorial no me iban a recibir… y cual fue la sorpresa de que en efecto, una vez que salí de ese sistema, no me quisieron hablar. ¡Caray! a la fecha aunque haga mis redacciones para Blasting News, parece que ello aún no les cala y ha sido difícil que me den audiencia. Lamentablemente se criticó mucho el formato. A los empleados no nos dijeron nada, pero hubo un cambio en las esferas de los inversionistas y como ya dije, en un ratito nos dieron corte para preparar lo que hoy es La Razón. Como sea en mi juventud me fue provechoso asistir en este proceso y agradezco a Terry quién me propuso en su momento para que siguiera con mi carrera. Lo afortunado es que quedan estas fotos y de hecho quedan también los textos que no se publicaron, mas por ahora creo que basta con ilustrar ese periodo reservando mis ideas apalabradas para otro momento.